lunes, 25 de noviembre de 2013

Sabato: la cobardía

Yoshitoshi Tsukioka. El general Akashi Gidayu a punto de suicidarse (circa 1890).
 COBARDÍA.

   Esa típica cobardía de los japoneses, que, temerosos de un mundo imperfecto y propicio a la deshonra, se lanzan a la muerte para asegurarse una confortable eternidad.

Ernesto Sabato. Uno y el Universo (1945).

Sabato: las citas

Iván Kramskói. Retrato del filósofo Vladímir Soloviov (1885).
CITAS.
   Hay por lo menos dos formas de mostrar una erudición irritante: una, acumulando citas, y otra, no haciendo ninguna. La segunda es abundante en los genios. Uno de los aspectos más hirientes de los hombres geniales es su desprecio por las frases conocidas, probablemente causado por una mera cuestión de competencia, ya que ellos mismos son constructores de frases conocidas en el futuro. De este modo, los genios se caracterizan por citarse insistentemente a sí mismos; con el pretexto de rehuir el brillo de la erudición manifiesta, practican una de sus formas más odiosas: la erudición de sí mismo, una como erudición con signo menos, concluyendo por caer en una pedantería al revés.
   Lo prudente es, pues, emplear una dosis amistosa de citas. Y además, hablando con franqueza, ¿cómo sería posible hoy escribir nada sin citar a Rilke, o a Kafka, o a Heidegger? ¿O, al menos, sin hacer uso de la palabra Weltanschauung? 

Ernesto Sabato. Uno y el Universo (1945).

Sabato: el análisis científico

Gerrit Dou. El médico (1653).
   El universo que nos rodea es el universo de los colores, sonidos, y olores; todo eso desaparece frente a los aparatos del científico, como una formidable fantasmagoría.
            El Poeta nos dice:

            El aire el huerto orea
            y ofrece mil olores al sentido;
            los árboles menea
            con un manso ruido
            que del oro y del cetro pone olvido.
  
   Pero el análisis científico es deprimente: como los hombres que ingresan en una penitenciaría, las sensaciones se convierten en números. El verde de aquellos árboles que el aire menea ocupa una zona del espectro alrededor de las 5000 unidades Angström; el manso ruido es captado por micrófonos y descompuesto en un conjunto de ondas caracterizadas cada una por un número; en cuanto al olvido del oro y del cetro, queda fuera de la jurisdicción del científico, porque no es susceptible de convertirse en matemática. El mundo de la ciencia ignora los valores: un geómetra que rechazara el teorema de Pitágoras por considerarlo perverso tendría más probabilidades de ser internado en un manicomio que de ser escuchado en un congreso de matemáticos.

Ernesto Sabato. Uno y el Universo (1945).

domingo, 3 de noviembre de 2013

Fitz James O'Brien: desconfianza

Balthus. Muchacha en la ventana (1957).
   —Elsie —le dije una noche mientras estaba sentada, de acuerdo a su costumbre, mirando hacia el oeste, como aquellas doncellas de las antiguas historias de caballería que esperan por el caballero que nunca llegará—; Elsie, ¿qué es lo que te pasa, cariño? Te he notado muy melancólica desde hace un tiempo. Dime qué sucede.
   Ella se volvió rápidamente y me miró con los ojos abiertos y el rostro lleno de miedo.  
   —¿Por qué me lo preguntas, Mark? —me respondió—. No tengo nada que contarte.
   Por la manera extraña y sobresaltada en la que me respondió, me convencí de que sí tenía algo que contar e inmediatamente tomé la determinación de descubrirlo.
   Me sentí herido al pensar que la mujer a quien amaba más que a nadie en el mundo no podía confiarme un secreto insignificante.


Fitz James O’Brien. El tentador de mi esposa.

jueves, 31 de octubre de 2013

Nietzsche: la máquina

Remedios Varo. Bordando el manto terrestre (1961).
283
Cómo humilla la máquina.—La máquina es impersonal, arrebata al trabajo ese orgullo, esas cualidades y esos defectos individuales que caracterizan a todo trabajo no mecanizado. Se le quita, en suma, al trabajo una parte de humanidad. Antiguamente, comprar a un artesano era concede una distinción a una persona, con cuyas marcas nos rodeábamos; de este modo, los objetos de uso diario y las prendas de vestir se convertían en una especie de símbolo de estimación mutua y de homogeneidad personal, mientras que hoy parece que vivimos solo en medio de una esclavitud anónima e impersonal. No hay que pagar demasiado caras las facilidades del trabajo.


Friedrich Nietzsche. El caminante y su sombra (1880).

Nietzsche: cloacas del alma

Edith Vonnegut. Sacando la basura.


46

Cloacas del alma.—El alma debe disponer también de cloacas donde verter sus basuras. Para este fin, pueden servir muchas cosas; personas, relaciones, clases sociales, tal vez la patria e incluso el mundo, y, por último, para los más orgullosos (es decir, para nuestros buenos «pesimistas» modernos), el buen Dios.

Friedrich Nietzsche. El caminante y su sombra (1880).

miércoles, 30 de octubre de 2013

Nietzsche: vergüenza por las distinciones

Lawrence Alma-Tadema. Tímida.

69
Vergüenza habitual.—¿Por qué nos avergonzamos cuando nos conceden un favor o una distinción a los que, como suele decirse, «no somos merecedores»? Nos parece entonces que se nos sitúa en un terreno que no es el nuestro, del que deberíamos estar excluidos, algo así como en un lugar santo o santísimo, que nuestro paso no debe franquear. Por una equivocación de otros, hemos entrado en él y ahora estamos subyugados por el miedo o la veneración, y no sabemos si debemos huir o gozar del momento bendito y de la gracia que se nos ha hecho. En todo sentimiento de vergüenza hay un misterio que hemos profanado o que estamos en peligro de profanar: toda gracia produce vergüenza. Pero si consideramos que, en general, nunca hemos «merecido» nada, en el caso de que nos abandonáramos a esta idea perteneciente a las concepciones cristianas, el sentimiento de vergüenza se volvería habitual, porque entonces parecería que Dios  bendice y ejerce su gracia incesantemente. Ahora bien, abstracción hecha de esta interpretación cristiana, este estado de vergüenza habitual podría seguir dándose en el caso del sabio, totalmente impío, que sostiene la irresponsabilidad absoluta y la falta completa de mérito en toda acción y en toda organización: si se le trata como si hubiera merecido tal o cual cosa, le parece que  ha sido introducido en un orden superior de seres que por lo general merecen algo, que son libres y verdaderamente capaces de soportar la responsabilidad de su voluntad y de su poder. Quien dice a este sabio: «Lo has merecido», parece estar apostrofándole: «Tú no eres un hombre, sino un dios.»


Friedrich Nietzsche. El caminante y su sombra (1880).

lunes, 28 de octubre de 2013

Lu Xun: las maniobras de los caníbales

Corneliu Baba. El rey loco (1987).
Conozco sus maniobras: no quieren ni se atreven a matarme directamente por temor a las consecuencias; por ello se las arreglan para tenderme lazos y llevarme al suicidio. A juzgar por la actitud de los hombres y mujeres de la calle el otro día, y la de mi hermano estos últimos días, la cosa es poco más o menos segura: quieren que me saque el cinturón, lo amarre a un poste y me cuelgue. Nadie los llamará asesinos y, sin embargo, verán colmados sus deseos secretos; esto los llenará de contento y les provocará una especie de risa plañidera. O bien, me dejarán morir de miedo y tristeza, y aunque este sistema hace enflaquecer, de todos modos mi muerte los dejará satisfechos.
   ¡Sólo comen carne muerta! He leído en algún sitio que existe una fiera de mirada horrible y aspecto espantoso llamada "hiena". Esta bestia come carne muerta y es capaz de triturar los huesos más grandes, que se engulle después de molerlos minuciosamente. ¡De sólo pensar en esto da terror! La hiena está emparentada con el lobo, el lobo es de la familia de los perros. El hecho de que el perro de la familia Chao me haya mirado muchas veces anteayer, demuestra que han conseguido ponerlo de acuerdo con ellos y que forma parte del complot. En vano ese viejo baja su mirada hacia el suelo, yo no me dejo embaucar.
   Lo más lastimoso es mi hermano. El también es un hombre; ¿no tiene miedo tal vez? ¿Por qué se ha unido a los que intentan devorarme? ¿Acaso porque esto se ha hecho siempre, encuentra que no hay ningún mal en ello? ¿O pone oídos sordos a su conciencia y hace deliberadamente algo que sabe que es malo?
   Será el primero de los comedores de hombres a quienes maldeciré; será también el primero de los hombres a quienes trataré de curar del canibalismo.


Lu Xun. El diario de un loco (1918).

sábado, 26 de octubre de 2013

Nietzsche: una promesa

Rembrandt. Erudito en su estudio (1634).
121

Promesa solemne.—Prometo no leer más a autores que dejen entrever su intención de escribir un libro; en lo sucesivo leeré solo a aquellos cuyas ideas forman impensadamente un libro.


Friedrich Nietzsche. El caminante y su sombra (1880).

lunes, 21 de octubre de 2013

Manganelli: el único escritor necesario

Ernst Meissonier. El filósofo (1878).
Un escritor escribe un libro acerca de un escritor que escribe dos libros, acerca de dos escritores, uno de los cuales escribe porque ama la verdad y otro porque le es indiferente. Acerca de ambos escritores se escriben en conjunto, veintidós libros, en los cuales se habla de veintidós escritores, algunos de los cuales mienten pero no saben mentir, otros mienten a sabiendas, otros buscan la verdad sabiendo que no podrán encontrarla, otros creen haberla encontrado, otros creían haberla encontrado, pero comienzan a dudar de ello. Los veintidós escritores producen, en conjunto, trescientos cuarenta y cuatro libros, en los cuales se habla de quinientos nueve escritores, ya que en más de un libro un escritor se casa con una escritora, y tienen entre tres y seis hijos, todos ellos escritores, menos uno que trabaja en un banco y lo matan en un atraco y luego se descubre que estaba escribiendo en casa una bellísima novela acerca de un escritor que va al banco y lo matan en un atraco; el atracador, en realidad, es hijo del escritor protagonista de otra novela, y ha cambiado de novela por la simple razón de que le resultaba intolerable seguir viviendo junto a su padre, autor de novelas sobre la decadencia de la burguesía, y en especial de una saga familiar, en la que aparece también un joven descendiente de un novelista autor de una saga sobre la decadencia de la burguesía, el cual huye de su casa y se hace atracador, y en un atraco a un banco mata a un empleado de banca, que en realidad era un escritor, y no sólo esto, sino también un hermano suyo que se había equivocado de novela, mediante recomendaciones intentaba conseguir cambiar la novela. Los quinientos nueve escritores escriben ocho mil dos novelas, en las cuales aparecen doce mil escritores, en números redondos, los cuales escriben ochenta y seis mil volúmenes en los cuales aparece un único escritor, un balbuciente y deprimido maniático, que escribe un único libro en torno a un escritor que escribe un libro sobre un escritor, pero decide no terminarlo y le da una cita, y le mata, determinando una reacción por la que mueren los doce mil, los quinientos nueve, los veintidós, los dos, y el único autor inicial, que de este modo ha alcanzado el objetivo de descubrir, gracias a sus intermediarios, al único escritor necesario, cuyo final es el final de todos los escritores, incluido él mismo, el escritor autor de todos los escritores.


Giorgio Manganelli. Centuria. Cien breves novelas-río (1979).                                                                  

domingo, 20 de octubre de 2013

Nietzsche: camino de la igualdad

Luc Tuymans. La caminata (1993).
262

   Camino de la igualdad.—Una hora escalando un monte convierte a un ruin y a un santo en dos criaturas muy similares. El cansancio es el camino más corto hacia la igualdad y la fraternidad, y durante el sueño termina añadiéndose a ambas la libertad.


Friedrich Nietzsche. El caminante y su sombra (1880).

viernes, 18 de octubre de 2013

Nietzsche: el extrañamiento de la noche

Gerrit Dou. El astrónomo (1650-1655).
   Por la noche.—Desde que anochece, se transforma la visión que tenemos de los objetos familiares. Por un lado, parece que el viento atraviesa caminos prohibidos murmurando como si buscase algo y se enfadase al no encontrarlo. Por otro lado, el resplandor de las lámparas, con sus confusos rayos rojizos, su tenue claridad, lucha pesadamente con la noche, esclava impaciente del hombre que vela. La respiración del que duerme, su ritmo inquietante, sobre el que una inquietud siempre renaciente parece entonar una melodía. Nosotros no la oímos, pero cuando se eleva el pecho del que duerme, sentimos el corazón oprimido, y cuando la respiración disminuye, casi expirando en su silencio de muerte, pensamos: «¡Descansa un poco, pobre espíritu atormentado!» Deseamos a todo viviente, por el hecho de vivir en esa opresión, un descanso eterno; la noche invita a la muerte. Si los hombres prescindieran del sol y libraran el combate contra la noche a la luz de la luna o a la de una lámpara de aceite, ¡qué filosofía les envolvería con su manto! Bastante sabemos ya de lo sombría que ha vuelto la vida esa mezcla de tinieblas y de falta de sol que es la actividad intelectual y moral del hombre.


Friedrich Nietzsche. El caminante y su sombra (1880).

martes, 1 de octubre de 2013

Chéjov: un diccionario de bolsillo

Pierre-Auguste Renoir. Retrato de Edmond Maitre. El lector (1871).
   En la ciudad, a pesar de lo radical de sus juicios y de su nerviosismo, se le quería y, en su ausencia, se le llamaba cariñosamente Vania. Su delicadeza innata, su cortesía, su honestidad y pureza moral, su chaqueta gastada, el aspecto enfermizo y las desgracias familiares provocaban una actitud afable, cálida y triste hacia su persona. Por lo demás era un hombre instruido, había leído y, en opinión de los ciudadanos, lo sabía todo: era, en la ciudad, algo parecido a un diccionario de bolsillo.
   Leía mucho. A veces se pasaba días enteros sentado en el club y, tironeándose nerviosamente la barba, hojeaba revistas y libros, y en sus ojos se veía que más que leer devoraba lo que tenía delante, casi sin poderlo masticar. Al parecer la lectura era una de sus costumbres enfermizas, ya que se lanzaba con igual codicia sobre todo lo que le caía en las manos, hasta los periódicos y almanaques del año anterior. En su casa siempre leía acostado.
                                                                          
Antón Chéjov. El pabellón número 6 (1892).

lunes, 30 de septiembre de 2013

Chéjov: retrato de un personaje

Vincent van Gogh. Autorretrato (1886).
   Me gusta su cara ancha, de pómulos salientes, siempre pálida y desgraciada. En ella se refleja, como en un espejo, un alma atormentada por la lucha y el prologando terror. Sus muecas son extrañas y enfermizas, pero los finos trazos que el profundo sufrimiento ha grabado en su rostro son severos e inteligentes, y en los ojos hay un brillo cálido y sano. Me gusta todo de él, educado, servicial e inusitadamente delicado en su trato con todos, menos con Nikita. Cuando a alguien se le cae un botón o una cuchara, salta rápidamente de la cama y lo recoge. Cada mañana saluda con un buenos días a sus compañeros, y al acostarse les desea buenas noches.


Antón Chéjov. El pabellón número 6 (1892).

domingo, 29 de septiembre de 2013

Ricardo Palma: para batallas, las de antes

Albrecht Altdorfer. La batalla de Alejandro en Issos, fragmento (1529).
   Aquellos sí eran tiempos en los que, para entrar en batalla, se necesitaba tener gran corazón. Los combates terminaban cuerpo a cuerpo, y el vigor, la destreza y lo levantado del ánimo decidían el éxito.
   Las armas de fuego distaban tres siglos del fusil de aguja y eran más bien un estorbo para el soldado, que no podía utilizar el mosquete o arcabuz si no iba provisto de eslabón, pedernal y yesca para encender la mecha. La artillería estaba en la edad del babador; pues los pedreros o falconetes, si para algo servían era para meter ruido como los petardos. Propiamente hablando, la pólvora se gastaba en salvas; pues no conociéndose aún escala de punterías, las balas iban por donde el diablo las guiaba. Hoy es una delicia caer en el campo de batalla. Así el mandria como el audaz, con la limpieza con que se resuelve una ecuación de tercer grado. Muere el prójimo matemáticamente, en toda regla, sin error de suma o pluma; y ello, al fin, debe ser un consuelo que se lleva el alma al otro barrio. Decididamente, hogaño una bala de cañón es una bala científica, que nace educada y sabiendo a punto fijo dónde va a parar. Esto es progreso, y lo demás es chiribitas y agua de borrajas.


Ricardo Palma. Los caballeros de la capa (1874).

sábado, 28 de septiembre de 2013

Chéjov: perderse en una aventura

Pierre-Auguste Renoir. Los amantes (1875).
   —Hace un poco de frío —dijo Olga Ivánovna, y se estremeció.
   Riabovski la envolvió en su capa y dijo con voz triste:
   —Me siento en su poder. Soy su esclavo. ¿Por qué está usted hoy tan fascinadora?
   La miraba sin apartar ni un momento los ojos de ella. La expresión de sus ojos daba miedo y la mujer no se atrevía a mirarlo.   
   —La amo con locura… —balbuceaba él, lanzándole el aliento a la mejilla—. Una palabra suya, y dejaré de existir, abandonaré el arte —siguió su susurro preñado de emoción—. Ámeme.
   —No diga eso —dijo Olga Ivánovna, cerrando los ojos—. Me da miedo. ¿Y Dýmov?
   —¿Qué pasa con Dýmov? ¿Qué tiene que ver? ¿Qué me importa Dýmov? ¡Veo el Volga, la luna, la belleza, mi amor, mi pasión, eso sí, pero a ningún Dýmov…! ¡Oh, no sé nada de…! ¡Qué falta me hace el pasado; deme tan solo un instante! ¡Un instante!
   El corazón de Olga Ivánovna latió con fuerza. Quiso pensar en su marido, pero todo su pasado, la boda, Dýmov, las veladas… todo le parecía nimio, ridículo y gris, inútil y lejano, muy lejano… Porque, en efecto ¿qué pasaba con Dýmov? ¿Qué tenía que ver aquí? ¿Qué le importaba Dýmov? Y por lo demás, ¿existía él en realidad o era solo un sueño?
   «A un hombre simple y corriente como él le basta con la felicidad que ya ha recibido —pensaba la mujer, tapándose el rostro con las manos—. Que los demás me critiquen allí, que me maldigan. ¿Qué me importa? Por mucho que digan, iré y me perderé, sí, me dejaré llevar por la perdición. En esta vida hay que probarlo todo. ¡Dios mío, qué horror y qué maravilla!»

Antón Chéjov. La cigarra (1892).
                

viernes, 27 de septiembre de 2013

Chéjov: estaría bien perder el mundo de vista

Boris Kustodiev. En el Volga (1922).
   Una callada noche de luna de julio, Olga Ivánovna se encontraba sobre la cubierta de un vapor que recorría el Volga. Contemplaba los brillos del agua y las hermosas orillas iluminadas por la luz de la luna. Junto a ella se encontraba Riabovski, que decía que las sombras oscuras del agua no eran sombras sino un sueño, que al ver estas aguas hechizadas, irisadas de brillos fantásticos, el cielo insondable y las orillas melancólicas y pensativas que parecían hablarnos sobre la vanidad de la vida o sobre la existencia de algo superior, eterno y bienaventurado, estaría bien perder el mundo de vista, morir, tornarse recuerdo. El pasado era vulgar y carente de interés; el futuro, nimio, y aquella noche milagrosa y única pronto acabaría, se fundiría con la eternidad. Entonces, ¿para qué vivir?
   Olga Ivánovna, ora atenta a la voz de Riabovski, ora absorta en el silencio de la noche, pensaba que era inmortal y que nunca iba a morir. El fulgor turquesa del agua como nunca antes lo había visto, el cielo, las orillas, las sombras negras y una alegría desbordante colmaban su alma, y le decían que de ella saldría una gran pintora, que en alguna parte lejana, más allá de la noche de la luna, en el espacio infinito, la esperaban el éxito, la gloria, el amor del pueblo…


Antón Chéjov. La cigarra (1892).

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Chéjov: una breve esperanza

Iliá Repin. Procesión religiosa en Kursk Gubernia (1880).
   Pero en Zhúkovo, en esta Jolúyevka, se celebraba una auténtica fiesta religiosa. Eso sucedía en agosto, cuando por toda la comarca llevaban de pueblo en pueblo la Virgen de los Milagros. El día que la imagen tenía que llegar a Zhúkovo amaneció silencioso y nublado. Ya desde la mañana, las muchachas fueron a la iglesia, ataviadas con hermosos vestidos de fiesta y trajeron el icono por la tarde, en procesión y entre cantos. Desde la orilla sonaban las campanas. Una inmensa muchedumbre de lugareños y forasteros inundó la calle: ruido, polvo y apretujones… El viejo, la abuela y Kiriak no cesaban de extender las manos hacia la imagen, hacia la que dirigían sus ojos ávidos, diciendo entre sollozos:
   —¡Madre protectora! ¡Madre protectora!
   De pronto todos parecieron comprender que entre cielo y tierra no había un vacío, que no todo estaba en manos de los ricos y de los poderosos, que aún existía alguien que los defendiera contra las ofensas, la esclava servidumbre, la insoportable miseria y el terrible vodka.
   —¡Madre protectora! —sollozaba María— ¡Madre nuestra!
   Pero concluyó la ceremonia, se llevaron el icono y todo fue como antes. De nuevo llegaron de la taberna las voces ebrias y las blasfemias.


Antón Chéjov. Campesinos (1897).

martes, 24 de septiembre de 2013

Ayn Rand: es preciso hacer algo grande

Moïse Kisling. Los hijos del doctor Tas (1930).
   Evocó un día de verano, cuando tenía diez años. En un claro de los bosques, su única y estimada compañera de infancia le contó lo que serían cuando se hicieran mayores. Sus palabras sonaron duras y brillantes como la luz del sol. Escuchó admirado y suspenso. Cuando la niña le preguntó qué quería ser él, repuso sin vacilar: «Lo que esté mejor», y añadió: «Es preciso hacer algo grande… entre los dos». «¿Cómo?», preguntó la niña. Y repuso: «No lo sé. Hay que buscarlo. No basta con lo que has dicho. No basta tener un negocio y ganarse la vida. Hay otras cosas, como vencer en batallas, salvar gente de incendios o trepar a montañas». «¿Para qué?», preguntó su compañera. Y él contestó: «El pastor dijo el domingo pasado que siempre hay que buscar lo mejor de nosotros. ¿Qué crees tú que será lo mejor de nosotros?» «No lo sé.» «Pues hay que averiguarlo.» Ella no contestó; miraba a la distancia, a lo largo de la vía férrea.


Ayn Rand. La rebelión de Atlas (1957).

domingo, 22 de septiembre de 2013

Camus: el arte para no morir

David Teniers el Joven. La galería del archiduque Leopoldo en Bruselas (1639).
Todas esas vidas mantenidas en el aire avaro de lo absurdo no podrían sostenerse sin algún pensamiento profundo y constante que las animara con su fuerza. Solo puede deberse, también en este caso, a un singular sentimiento de fidelidad. Se ha visto a hombres conscientes cumplir su tarea en medio de las guerras más estúpidas sin creerse en contradicción. Es que se trataba de no eludir nada. Hay asimismo una felicidad metafísica en sostener la absurdidad del mundo. La conquista o el escenario, el amor innumerable, la revuelta absurda, son homenajes que el hombre rinde a su dignidad en una campaña en la que está vencido de antemano.
   Se trata solamente de ser fiel a la regla del combate. Este pensamiento puede bastar para alimentar a un espíritu: sostuvo y sostiene a civilizaciones enteras. La guerra no se niega. Hay que morir o vivir de ella. Y lo mismo lo absurdo: se trata de respirar con él, de reconocer sus lecciones y de encontrar su carne. A este respecto, el goce absurdo por excelencia es la creación. “El arte y nada más que el arte —dice Nietzsche—, tenemos el arte para no morir de la verdad.”

Albert Camus. El mito de Sísifo (1942).

viernes, 20 de septiembre de 2013

J. R. Ribeyro: batirse en retirada

Francisco de Goya. Tristes pensamientos de lo que está por venir (1810).
(...) Al divisar la verja asumió el aire profundo y atareado de un hombre de negocios. Se disponía a cruzarla cuando, al levantar la vista, distinguió al lado del portero a un cónclave de hombres canosos y ensotanados que lo espiaban, inquietos. Esta inesperada composición —que le recordó a los jurados de su infancia— fue suficiente para desatar una profusión de reflejos de defensa y, virando con rapidez, se escapó hacia la avenida.
   A los veinte pasos se dio cuenta de que alguien lo seguía. Una voz sonaba a sus espaldas. Era el portero.
   —Por favor —decía—. ¿No es usted el señor Palomino, el nuevo profesor de historia? Los hermanos lo están esperando Matías se volvió, rojo de ira.
   —¡Yo soy cobrador! —contestó brutalmente, como si hubiera sido víctima de alguna vergonzosa confusión.
   El portero le pidió excusas y se retiró. Matías prosiguió su camino, llegó a la avenida, torció al parque, anduvo sin rumbo entre la gente que iba de compras, se resbaló en un sardinel, estuvo a punto de derribar a un ciego y cayó finalmente en una banca, abochornado, entorpecido, como si tuviera un queso por cerebro.
   Cuando los niños que salían del colegio comenzaron a retozar a su alrededor, despertó de su letargo. Confundido aún, bajo la impresión de haber sido objeto de una humillante estafa, se incorporó y tomó el camino de su casa. Inconscientemente eligió una ruta llena de meandros. Se distraía. La realidad se le escapaba por todas las fisuras de su imaginación. Pensaba que algún día sería millonario por un golpe de azar. Solamente cuando llegó a la quinta y vio que su mujer lo esperaba en la puerta del departamento, con el delantal amarrado a su cintura, tomó conciencia de su enorme frustración. No obstante se repuso, tentó una sonrisa y se aprestó a recibir a su mujer, que ya corría por el pasillo con los brazos abiertos.
   —¿Qué tal te ha ido? ¿Dictaste tu clase? ¿Qué han dicho los alumnos?
   —¡Magnífico!... ¡Todo ha sido magnífico! —Balbuceó Matías—. ¡Me aplaudieron! —pero al sentir los brazos de su mujer que lo enlazaban del cuello y al ver en sus ojos, por primera vez, una llama de invencible orgullo, inclinó con violencia la cabeza y se echó desconsoladamente a llorar.

Julio Ramón Ribeyro. El profesor suplente (1964).

martes, 17 de septiembre de 2013

Camus: algo que ayuda a seguir

Calígula. Adaptación de Jaime Azpilicueta. TVE (1971).
EL JOVEN ESCIPIÓN
A todos los hombres la vida les depara alguna cosa grata que les ayuda a seguir. Hacia ella se vuelven cuando sienten que no pueden más.

CALÍGULA
Es cierto, Escipión.

EL JOVEN ESCIPIÓN
¿Y no hay nada así en la tuya: el instante del llanto, un refugio silencioso?

CALÍGULA
Bueno, sí.

EL JOVEN ESCIPIÓN
¿Y qué es?

CALÍGULA
El desprecio.


Albert Camus. Calígula (1944).

sábado, 31 de agosto de 2013

Lu Xun: rodeado de enemigos

Corneliu Baba. El rey loco (1986).
Esta mañana pasé un buen rato sentado tranquilamente. El viejo Chen me trajo mi comida: un plato de legumbres y otro de pescado cocido al vapor. Los ojos del pescado eran blancos y duros; tenía la boca entreabierta, igual que esa banda de comedores de hombres. Después de probar algunos bocados de esa carne viscosa, no sabía ya si estaba comiendo pescado o carne humana, de suerte que vomité con asco.
   Dije:
   —Mi viejo Chen, anda a decirle a mi hermano que me ahogo aquí y que quisiera salir a pasear por el jardín.
   El viejo Chen se alejó sin responder, pero un poco después volvió a abrirme la puerta.
   No me moví, preguntándome qué iban a hacer, porque sabía muy bien que no iban a dejarme libre. Efectivamente, mi hermano se acercaba con un viejo que caminaba a pasos lentos. Ese hombre tenía una mirada terrible, pero como temía que yo me diera cuenta, bajaba la cabeza hacia el suelo y me miraba a hurtadillas, por encima de sus anteojos.
   —Tienes un aspecto magnífico —me dijo mi hermano.
   —Sí —respondí.
   —Le he pedido al señor Jo que viniera a examinarte —siguió diciendo.
   Respondí:
   —¡Que lo haga! —¡pero yo sabía muy bien que ese viejo no era otro que el verdugo disfrazado!
   So pretexto de tomarme el pulso quería calcular mi grado de corpulencia y seguramente iban a darle un pedazo de mi carne en pago de sus servicios. Yo no tenía miedo; aunque no como carne humana, me creo más valiente que esos caníbales. Tendí ambos puños y esperé lo que iba a seguir. El viejo se sentó, cerró los ojos, me tomó largamente el pulso, permaneció un instante silencioso y luego, abriendo los ojos diabólicos, dijo:
   —No se deje llevar por su imaginación. Algunos días de tranquilidad y reposo y se repondrá.
   ¡No dejarse llevar por la imaginación! ¡Tranquilidad y reposo! Evidentemente, cuando yo estuviera bien cebado, tendrían más que comer. Pero ¿qué ganaría yo? ¿Era eso lo que iba a "reponerme"? A esos caníbales les gusta comer hombres, pero obran en secreto, tratando de salvar las apariencias, y no se atreven a actuar directamente. ¡Es para morirse de la risa! No pudiendo aguantarme, me eché a reír a carcajadas, porque eso me divertía una enormidad. Yo sé que en mi risa vibraban el valor y la justicia. El viejo y mi hermano palidecieron, aplastados por el valor y la justicia de que yo hacía gala.
   Pero justamente porque soy valiente, tendrán aún más ganas de devorarme, para adquirir parte de mi coraje. El viejo dejó mi habitación y apenas se habían alejado un poco, dijo a mi hermano en voz baja: "Engullirlo en seguida". Mi hermano bajó la cabeza en señal de asentimiento. ¡Tú estás también en esto! Este extraordinario descubrimiento, aunque imprevisto, no me asombró, sin embargo, excesivamente: ¡mi hermano formaba parte de la banda de caníbales que quería devorarme!
   ¡Mi hermano es un comedor de hombres!
   ¡Soy hermano de un comedor de hombres!
   ¡Podré ser devorado por los hombres, pero no por eso dejo de ser hermano de un comedor de hombres!

Lu Xun. Diario de un loco (1918).

viernes, 30 de agosto de 2013

García Lorca: miedo a la soledad

Stefan Luchian. Woman Worker (1893).
Mire usted, tengo a todo el pueblo encima, quieren venir a matarme, y sin embargo no tengo ningún miedo. La navaja se contesta con la navaja y el palo con el palo, pero cuando de noche cierro esa puerta y me voy sola a mi cama... me da una pena... ¡qué pena! ¡Y paso unas sofocaciones!... Que cruje la cómoda: ¡un susto! Que suenan con el aguacero los cristales del ventanillo, ¡otro susto! Que yo sola meneo sin querer las perinolas de la cama, ¡susto doble! Y todo esto no es más que el miedo a la soledad donde están los fantasmas, que yo no he visto porque no los he querido ver, pero que vieron mi madre y mi abuela y todas las mujeres de mi familia que han tenido ojos en la cara.

Federico García Lorca. La zapatera prodigiosa (1930).

jueves, 29 de agosto de 2013

Gao Xingjian: los hombres y los peces

Honoré Daumier. El motín. La destrucción de Sodoma.
Y también en el Wanxian ha fondeado el barco por la noche. El segundo de a bordo ha venido a charlar conmigo mientras yo estaba contemplando las luces de la ciudad. Me ha contado que, refugiado en su cabina de pilotaje, asistió a una carnicería durante la Revolución cultural. Eran por supuesto hombres lo que estaban matando, no peces. De tres en tres, atados por las muñecas con un alambre, fueron empujados hacia el río por unos disparos de metralleta. Tan pronto como uno de ellos era alcanzado, arrastraba a los otros al agua y los vio debatirse como peces atrapados en el anzuelo, antes de ser llevados a la deriva por la corriente, cual perros reventados. Lo curioso es que cuantos más hombres se mata, más numerosos son estos, mientras que los peces, cuántos más se han pescado, más escasos se vuelven. Sería preferible lo contrario.


Gao Xingjian. La montaña del alma (1990).

miércoles, 28 de agosto de 2013

Cortázar: una alegría interrumpida

Boris Kustodiev. Los hijos del artista (1913).
   Una tarde hubo siesta, sandía, pelota a paleta en la pared que miraba al arroyo, y Nino estuvo espléndido sacando tiros que parecían perdidos y subiéndose al techo por la glicina para desenganchar la pelota metida entre dos tejas. Vino un peoncito del lado de los sauces y los acompañó a jugar, pero era lerdo y se le iban los tiros. Isabel olía hojas de aguaribay y en un momento, al devolver con un revés una pelota insidiosa que Nino le mandaba baja, sintió como muy adentro la felicidad del verano. Por primera vez entendía su presencia en Los Horneros, las vacaciones, Nino. Pensó en el formicario, allá arriba, y era una cosa muerta y rezumante, un horror de patas buscando salir, un aire viciado y venenoso. Golpeó la pelota con rabia, con alegría, cortó un tallo de aguaribay con los dientes y lo escupió asqueada, feliz, por fin de veras bajo el sol del campo.
   Los vidrios cayeron como granizo. Era en el estudio del Nene. Lo vieron asomarse en mangas de camisa, con los anchos anteojos negros.
    —¡Mocosos de porquería!
   El peoncito escapaba. Nino se puso al lado de Isabel, ella lo sintió temblar con el mismo viento que los sauces.
   —Fue sin querer, tío.
   —De veras, Nene, fue sin querer.
   Ya no estaba.


Julio Cortázar. Bestiario (1951).

martes, 27 de agosto de 2013

David Lodge: un libro original

William Merritt Chase. El libro antiguo (1908-1916).
¿Qué queremos decir cuando afirmamos —y es un elogio muy común— que un libro es «original»? No queremos decir con ello, en general, que el escritor ha inventado algo sin precedentes, sino que nos ha hecho «percibir» algo que, en un sentido conceptual, ya «sabemos», y lo ha hecho desviándose de los modos convencionales, habituales, de representar la realidad. Desfamiliarización, en una palabra, es otra manera de decir «originalidad».


David Lodge. El arte de la ficción (1992).

domingo, 25 de agosto de 2013

José Donoso: el comienzo de una fijación

Tintoretto. Susana y los viejos (1555).
   Poco a poco la comencé a buscar. El día no me parecía completo sin verla. Leyendo un libro, por ejemplo, me sorprendía haciendo conjeturas acerca de la señora en vez de concentrarme en lo escrito. La colocaba en situaciones imaginarias, en medio de objetos que yo desconocía. Principié a reunir datos acerca de su persona, todos carentes de importancia y significación. Le gustaba el color verde. Fumaba sólo cierta clase de cigarrillos. Ella hacía las compras para las comidas de su casa.
   A veces sentía tal necesidad de verla, que abandonaba cuanto me tenía atareado para salir en su busca. Y en algunas ocasiones la encontraba. Otras no, y volvía malhumorado a encerrarme en mi cuarto, no pudiendo pensar en otra cosa durante el resto de la noche.

José Donoso. Una señora (1966).

viernes, 23 de agosto de 2013

Nabokov: la felicidad

John Atkinson Grimshaw. Whitby Harbor by Moonlight.
   Escucha: soy feliz, absoluta o idealmente feliz. Mi felicidad es una especie de desafío. Mientras deambulo por las calles y plazas y por los caminos junto al canal, sintiendo distraído los labios de la humedad a través de mis suelas gastadas, llevo orgulloso sobre los hombros mi inefable felicidad. Los siglos pasarán uno tras otro, y los escolares bostezarán ante la historia de nuestras revoluciones y miserias; todo pasará, pero mi felicidad, mi amor, mi felicidad permanecerá, en el reflejo húmedo de una farola, en la curva precavida de los escalones de piedra que descienden hasta las aguas negras del canal, en la sonrisa de una pareja que baila, en todo aquello con lo que Dios tan generosamente circunda la soledad humana.


Vladimir Nabokov. Una carta que nunca llegó a Rusia.

jueves, 22 de agosto de 2013

Monterroso: un escritor criticado

Horace Pippin. Amish Letter Writer (1940).
Escribió un drama: dijeron que se creía Shakespeare;
Escribió una novela: dijeron que se creía Proust;
Escribió un cuento: dijeron que se creía Chejov;
Escribió una carta: dijeron que se creía Lord Chesterfield;
Escribió un diario: dijeron que se creía Pavese;
Escribió una despedida: dijeron que se creía Cervantes;
Dejo de escribir: dijeron que se creía Rimbaud;
Escribió un epitafio: dijeron que se creía difunto.

Augusto Monterroso. Epitafio encontrado en el cementerio Monte Parnaso de San Blas (1987).

martes, 20 de agosto de 2013

Solzhenitsyn: prisión para los creyentes

Vasili Polénov. El arresto de un hugonote (1875). 
   Sin embargo, para erradicar definitivamente la religión en este país —uno de los objetivos principales de la GPU-NKVD en los años veinte y treinta— habría sido necesario encarcelar en masa a los propios creyentes ortodoxos. Se procedió a una intensa campaña de arresto, encarcelamiento y destierro contra los monjes y monjas, cuyos oscuros hábitos habían ennegrecido la vida rusa anterior. Se arrestaba y se juzgaba a los activistas de la Iglesia. Las ondas iban ensanchándose continuamente y pasaron a apresar a simples seglares creyentes, a personas de edad, en especial mujeres —porque su fe era más obstinada— a las que durante muchos años se conoció como monjitas en las cárceles de tránsito y en los campos de reclusión.
   Desde luego, oficialmente no se les arrestaba y juzgaba por el mero hecho de creer, sino por manifestar su fe en voz alta y educar a sus hijos en ese espíritu. Como escribió Tania Jodkévich:
   «Puedes rezar libremente, Pero... que solo te oiga Dios».
   (Por estos versos le cayeron diez años.) La persona que creía poseer la verdad espiritual debía ocultarla... ¡a sus propios hijos! En los años veinte la educación religiosa caía en el artículo 58-10, es decir, ¡propaganda contrarrevolucionaria! Cierto es que el tribunal daba la posibilidad de abjurar de la religión. Aunque no era frecuente, podía darse el caso de que el padre abjurara y se quedara al cuidado de los hijos mientras la madre era enviada a Solovki (en estas décadas, las mujeres demostraron tener una fe más firme). A todos los creyentes les echaban diez años, la pena máxima en aquel entonces.


Aleksandr Solzhenitsyn. Archipiélago Gulag (1973).

miércoles, 31 de julio de 2013

Camus: lo único que tiene sentido

Leon Spilliaert. Autorretrato (1908).
   Yo, por el contrario, he elegido la justicia para permanecer fiel a la tierra. Sigo creyendo que este mundo no tiene un sentido superior. Pero sé que algo en él tiene sentido y es el hombre, porque es el único ser que exige tener uno. Este mundo tiene al menos la verdad del hombre y es misión nuestra dotarle de razones contra el propio destino. Y no tiene otras razones que el hombre, y a quien hay que salvar es a éste si queremos salvar la idea que nos forjamos de la vida. Me dirá usted, con su sonrisa y su desdén: «¿Qué es salvar al hombre?» Y se lo grito con todo mi ser: no es mutilarlo y sí es posibilitar que se cumpla la justicia, que es el único en concebir.


Albert Camus. Cartas a un amigo alemán (1944).

martes, 30 de julio de 2013

Camus: el hombre solo

Vasili Polénov. Habitación del comandante del destacamento Ruschuksk en Brestovets (1878).
El cielo se cubre. Lo mismo sucede en todos los cuartos de hotel: todas las horas de la noche son difíciles para el hombre solo. Y aquí está ahora mi vieja angustia, aquí, en el fondo del cuerpo, como una herida abierta que se irrita con cualquier movimiento. Conozco su nombre. Es miedo a la soledad eterna, temor de que no haya respuesta ¿Y quién habría de responder en un cuarto de hotel?


Albert Camus. El malentendido (1944).

lunes, 29 de julio de 2013

Blasco Ibáñez: un triste desencuentro

Salvador Dalí. Sad Barber of Good Times Cruelty (1934).
   Por la tarde, después de un almuerzo cuyos platos desfilaron intactos, volvió al jardín en busca de ella. Al reconocerla dando el brazo al oficial ciego, experimentó una sensación de desaliento. Parecía más alta, más delgada, con el rostro afilado, dos oquedades de sombra en las mejillas, los ojos brillantes de fiebre, los párpados contraídos por el cansancio. Adivinó una noche de suplicio, de pensamientos escasos y tenaces, de estupefacción dolorosa igual a la suya en el cuarto del hotel. Sintió de pronto todo el peso del insomnio y la inapetencia, toda la emoción deprimente de las sensaciones crueles experimentadas en las últimas horas. ¡Cuán desgraciados eran los dos!...
   Ella avanzaba con precaución, mirando a un lado y a otro, como el que presiente un peligro. Al descubrirle se apretó contra el ciego, lanzando a su antiguo amante una mirada de súplica, de desesperación, implorando misericordia... ¡Ay, esta mirada!


Vicente Blasco Ibáñez. Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1916). 

domingo, 28 de julio de 2013

Stefan Zweig: amor de niña

Paul Cézanne. Muchacha (1873).
   Desde entonces, desde aquella hora, siempre te he amado. Sé muy bien que estás acostumbrado a que las mujeres te lo digan. Pero estoy segura de que ninguna te ha amado tan servilmente, con una fidelidad tan acusada, con tanta devoción, como yo te amé y te amo. Nada puede igualar el amor oculto de una niña. Es sumiso y sin esperanza, paciente y apasionado, algo que el amor de una mujer de verdad, llena de deseos y exigencias, nunca puede igualar. Nadie más que los niños abandonados son capaces de sentir una pasión semejante. Los otros pueden derramar sus sentimientos en la camaradería, disiparse en las charlas confidenciales. Han leído y oído mucho sobre el amor y saben que a todos llega. Se divierten con él como con un juguete, lo ostentan como el muchacho que fuma su primer cigarrillo. Pero yo nunca había tenido un confidente, no me habían enseñado ni aconsejado, carecía de experiencia y era confiada.


Stefan Zweig. Carta de una desconocida (1922).

sábado, 27 de julio de 2013

Borges: una aventura como un sueño

Konstantín Vasíliev. En otra ventana.
   —Seré tuya en la posada de Thorgate. Te pido mientras tanto, que no me toques. Es mejor que así sea.
   Para un hombre célibe entrado en años, el ofrecido amor es un don que ya no se espera. El milagro tiene derecho a imponer condiciones. Pensé en mis mocedades de Popayán y en una muchacha de Texas, clara y esbelta como Ulrica, que me había negado su amor.
   No incurrí en el error de preguntarle si me quería. Comprendí que no era el primero y que no sería el último. Esa aventura, acaso la postrera para mí, sería una de tantas para esa resplandeciente y resuelta discípula de Ibsen.
   Tomados de la mano seguimos.
   —Todo esto es como un sueño —dije— y yo nunca sueño.
   —Como aquel rey —replicó Ulrica— que no soñó hasta que un hechicero lo hizo dormir en una pocilga.


Jorge Luis Borges. Ulrica (1975).

viernes, 26 de julio de 2013

Rubén Darío: amaba Blas a Ana, Ana a Blas

Serguei Solomko. Declaración de amor.
La Habana aclamaba a Ana, la dama más agarbada, más afamada. Amaba a Ana Blas, galán asaz cabal, tal amaba Chactas a Atala.
   Ya pasaban largas albas para Ana, para Blas; mas nada alcanzaban. Casar trataban; mas hallaban avaras a las hadas, para dar grata andanza a tal plan.
   La plaza, llamada Armas, daba casa a la dama; Blas la hablaba cada mañana; mas la mamá, llamada Marta Albar, nada alcanzaba. La tal mamá trataba jamás casar a Ana hasta hallar gran galán, casa alta, ancha arca para apañar larga plata, para agarrar adahalas. ¡Bravas agallas! ¿Mas bastaba tal cábala? Nada ¡ca! ¡nada basta a tajar la llamada aflamada!
   Ana alzaba la cama al aclarar; Blas la hallaba ya parada a la bajada. Las gradas callaban las alharacas adaptadas a almas tan abrasadas. Allá, halagadas faz a faz, pactaban hasta la parca amar Blas a Ana, Ana a Blas. ¡Ah ráfagas claras bajadas a las almas arrastradas a amar! Gratas pasan para apalambrarlas más, para clavar la azagaya al alma. ¡Ya nada habrá capaz a arrancarla!

Rubén Darío. Amar hasta fracasar.

jueves, 25 de julio de 2013

Cortázar: una petición

Pierre-Auguste Renoir. La pareja del paseo en barco (1881).
   Antes de irse le pidió que se casara con él en el otoño. Delia no dijo nada, se puso a mirar el suelo como si buscara una hormiga en la sala. Nunca habían hablado de eso, Delia parecía querer habituarse y pensar antes de contestarle. Después lo miró brillantemente, irguiéndose de golpe. Estaba hermosa, le temblaba un poco la boca. Hizo un gesto como para abrir una puertecita en el aire, un ademán casi mágico.
   —Entonces sos mi novio —dijo—. Qué distinto me parecés, qué cambiado.


Julio Cortázar. Circe (1951).

martes, 23 de julio de 2013

Sabato: la aspiración del hombre

Francisco de Zurbarán. San Francisco arrodillado (1639).
Somos imperfectos, nuestro cuerpo es débil, la carne es mortal y corrompible. Pero por eso mismo aspiramos a algo que no tenga esa desgraciada precariedad: a algún género de belleza que sea perfecta, a un conocimiento que valga para siempre y para todos, a principios éticos que sean absolutos. Al levantarse sobre las dos patas traseras, este extraño animal abandona para siempre la felicidad zoológica e inaugura la infelicidad metafísica que resulta de su dualidad: descabellada hambre de eternidad en un cuerpo miserable y mortal.


Ernesto Sabato. El escritor y sus fantasmas (1963).

jueves, 18 de julio de 2013

Monterroso: los problemas de la fe

William Turner. La caída de una avalancha en los Grisones (1810).
Al principio la Fe movía montañas solo cuando era absolutamente necesario, con lo que el paisaje permanecía igual a sí mismo durante milenios.
   Pero cuando la Fe comenzó a propagarse y a la gente  le pareció divertida la idea de mover montañas, éstas no hacían sino cambiar de sitio, y cada vez era más difícil encontrarlas en el lugar en que uno las había dejado la noche anterior; cosa que por supuesto creaba más dificultades que las que resolvía.
   La buena gente prefirió entonces abandonar la Fe y ahora las montañas permanecen por lo general en su sitio.
   Cuando en la carretera se produce un derrumbe bajo en el cual mueren varios viajeros, es que alguien, muy lejano o inmediato, tuvo un ligerísimo atisbo de Fe.

Augusto Monterroso. La Fe y las montañas (1969). 

domingo, 30 de junio de 2013

Camus: un silogismo mortal

Sebastián de Llanos. Cabeza cortada de san Pablo (siglo XVII).
HELICÓN (Se levanta y recita de manera mecánica.)
«La ejecución alivia y libera. Es universal, fortalecedora y justa tanto en sus aplicaciones como en sus intenciones. Se muere porque se es culpable. Se es culpable porque se es súbdito de Calígula. Luego todo el mundo es culpable. De lo que se infiere que todo el mundo acaba muriendo. Es cuestión de tiempo y de paciencia.»


Albert Camus. Calígula (1944).

sábado, 29 de junio de 2013

Solzhenitsyn: fundamentos para una detención

Max Ernst. Ilustración en "Una semana de bondad" (1934).
A menudo, los órganos de la Seguridad del Estado no tenían grandes fundamentos para elegir a quién había que detener y a quién dejar en paz. Se orientaban únicamente por una cifra de detenciones prevista. Para alcanzar esa cifra podía seguirse un procedimiento sistemático, pero también podían ponerse en manos del azar. En 1937 una mujer fue a las oficinas de la NKVD de Novocherkask para preguntar qué debía hacer con el niño de pecho de una vecina suya detenida. «Siéntese», le dijeron, «y ya veremos.» Permaneció sentada un par de horas y luego la sacaron de recepción y la metieron en una celda: debían completar rápidamente la cifra y no tenían bastantes agentes para enviarlos por la ciudad, ¡y a aquella mujer ya la tenían allí!


Aleksandr Solzhenitsyn. Archipiélago Gulag (1973).

viernes, 28 de junio de 2013

Borges: una apariencia

Remedios Varo. Apártalos que voy de paso.
   El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.


Jorge Luis Borges. Las ruinas circulares (1940).

miércoles, 26 de junio de 2013

Sabato: el cuerpo de Alejandra

Franz von Stuck. El beso de la Esfinge (1895).
   El mundo exterior había dejado de existir para Martín y ahora el círculo mágico lo aislaba vertiginosamente de aquella ciudad terrible, de sus miserias y fealdades, de los millones de hombres y mujeres y chicos que hablaban, sufrían, disputaban, odiaban, comían. Por los fantásticos poderes del amor, todo aquello quedaba abolido, menos aquel cuerpo de Alejandra que esperaba a su lado, un cuerpo que alguna vez moriría y se corrompería, pero que ahora era inmortal e incorruptible, como si el espíritu que lo habitaba transmitiese a su carne los atributos de su eternidad.


Ernesto Sabato. Sobre héroes y tumbas (1961).

martes, 25 de junio de 2013

Sabato: una pregunta importante

Marc Chagall. Amantes en gris (1917).
   Martín apoyó la cabeza sobre el pecho de Alejandra y ya nada le importó del mundo. Por la ventana veía cómo la noche bajaba sobre Buenos Aires y eso aumentaba su sensación de refugio en aquel escondido rincón de la ciudad implacable. Una pregunta que nunca había hecho a nadie (¿a quién habría podido hacérsela?) surgió de él, con los contornos nítidos y brillantes de una moneda que no ha sido manoseada, que millones de manos anónimas y sucias todavía no han atenuado, deteriorado y envilecido:
   —¿Me querés?
   Ella pareció vacilar un instante, pero luego contestó:
   —Sí, te quiero. Te quiero mucho.


Ernesto Sabato. Sobre héroes y tumbas (1961).